domingo, 24 de febrero de 2013

Un texto, un río

Los indígenas son avezados lectores, leen libros vivos, páginas que se reescriben con el paso del tiempo, o por efecto de las tormentas; obras que hablan siempre de la vida. 

Aquí la crónica de un itinerario a la selva colombiana organizado por la Universidad Nacional que devela la radical escisión que existe entre nuestras culturas indígenas y esta civilización imperante que nos tocó padecer, que no cesa de estandarizar nuestra existencia.

Por Olga Rojas Torres* 

Al territorio amazónico de Yapu en el Vaupés fuimos 5 académicos. Como parte de nuestra visita, estaba planeado ir a la Maloka de Origen de los indígenas Bará. A esta expedición nos acompañó el Payé Bará (autoridad médica). Nos transportamos en una canoa a motor, comandada por el Huitoto, Pájaro de Viento. A mí me impresionaron dos cosas: la belleza del río y la selva, si es que cada uno se puede entender como un signo independiente; y la destreza con que nos llevaban por ese río hermoso y rabioso.

El Payé Bará iba sentado en la proa, leyendo el curso que llevábamos y al que nos dirigíamos, traducía sus interpretaciones a un sistema de signos que el Pájaro de Viento, en la popa, descifraba a la perfección. Este Pájaro, viajero de las aguas, además de comunicarse gestualmente con el Payé, contrastaba la información con los indicios que desentrañaba del río, de sus ondulaciones, sus colores, y su dinámica.

Ninguno de los académicos en el motor comprendíamos ni las frases gestuales, ni los lenguajes de la selva; para nosotros, para mí sobre todo, la experiencia era puramente sensorial. Lo que yo percibía eran íconos puros, verdes de múltiples tonos que sin embargo, yo no podía segmentar o catalogar; contemplaba el agua, las paredes del curso del río en greda y otras tierras que tampoco puedo nombrar, la vegetación tupida… era imposible distinguir una planta de otra, ni siquiera podía reconocerse con claridad qué era verde vegetal y qué era animal.

 ¿Qué riesgos o qué maravillas pueden emerger de la junción entre un bejuco y un árbol? ¿Cómo los
llaman? ¿En dónde eligen nacer? ¿Por qué?

 ¿Qué aves nos observaban por entre el follaje? ¿Qué comen ellas? ¿Qué rutas siguen? ¿Cómo pueden nuestros guías verlas tan pronto?

 Mis patrones mentales sobre imágenes animales están perfectamente estáticas y descontextualizadas, allí, en esa selva vibrante las normas de construcción textual me resultaban crípticas. El río Papurí es hermoso, muy negro, y funciona como un espejo fiel del follaje que se contempla sobre él.

El río lleva la sangre de las plantas en su curso, y seguramente quienes nos conducían por el oleaje de los rápidos, entendían mucho más que cualquiera de nosotros, la información que este color contenía. 

II. Días después, llegó una carta al territorio, era el mensaje de una beca de estudios en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, que había sido otorgada a Pájaro de Viento. La carta fue leída con tranquilidad; en Yapu todos hablan Español y Portugués, además de 3, 7 o incluso 15 lenguas indígenas. La misiva contenía instrucciones para inscribir materias. Me pareció que ante ellos se dibujaba un paisaje indescifrable. 


Fuimos a Mitú donde hay conexión a Internet; las páginas Web presentaban íconos indescifrables, los mensajes a inferir surgían con dificultad. Decidieron leer la página de la Universidad palmo a palmo, los acompañamos, se cansaron; los mensajes, aun conociendo la lengua española no llegaban. El sistema de signos en la Web contiene como cualquiera una serie de reglas de relacionamiento que no había manera de inferir, ¿qué escribir, dónde? Cuando por fin llegamos al aplicativo con las asignaturas, la lista era interminable. ¿Cómo elegir? ¿Qué suponía tomar una y no otra? Hay unas reglas, había que leer cada asignatura junto con su normativa: esta es de tal carrera, tal tiene prerrequisitos, las asignaturas elegidas no suman o exceden el número de créditos, deben atender a su P.A.P.A. Nos reímos mucho. 

Días después, Pájaro de Viento llegó a Bogotá por avión, este es el único medio de transporte que lo podía traer en el tiempo acordado. “Todo es dinero”, se lamentó. En la selva el dinero no existe. Vives desde la infancia hasta la vejez, tienes techo, alimentos, salud, amigos, fiestas, viajes, puedes pasar la vida sin ver un billete, sin transar por dinero. Pero, en la ciudad todo se traduce a billetes; y Pájaro de Viento no es diestro en pasar del sistema de servicio de transporte o del sistema de menús alimenticios al sistema monetario, ni entiende por qué curar su mano herida tiene un precio.


III. Los indígenas colombianos son extranjeros en las urbes, como somos extranjeros los citadinos en la selva. Pero, en la selva, se entiende el principio de solidaridad: tú llegas y te reciben con fiesta, te alojan, te alimentan, y te acompañan. En la selva nadie se inquieta. El indígena no entiende cómo puede ser en la ciudad el sistema de valores que contiene la idea de resolver individualmente los problemas, de hacer lo que a ti te parece, de vivir amontonados sin hacer comunidad. Leer es una habilidad del pensamiento que desborda el alfabeto. Los indígenas colombianos, y otros excluidos del sistema educativo tienen competencias lectoras altísimas. Es el sistema educativo el que está lleno de limitaciones. Son los escenarios escolares los que no acompañan el multi-lingüísmo, multi-inteligente de estos territorios excluidos. ¡Buen viento a los pájaros selváticos que se han arrojado a esta jungla inmisericorde! * Filóloga, educadora y candidata a doctora en semiótica. Docente del departamento de lingüística, y de la facultad de artes de la Universidad Nacional de Colombia. 
Febrero 18 de 2013 Publicado en: Confabulación Periódico Virtual

1 comentario:

  1. Súper!... te escribo lo que pienso en el face a ver si logramos cuorum.

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Gracias por comentar nuestro trabajo.