viernes, 5 de febrero de 2016

Anécdotas femeninas: tú y yo


Olga Yolanda Rojas Torres
En estos tiempos de búsqueda de la paz, una narradora se desdobla para contar las historias de algunas mujeres que han vivido el desgarro y la pasión por construir su entorno.
Tu moral
Es noviembre de 2015, llega el invierno. Vivo sola en Colonia. En mi casa, he abierto un espacio cómodo en lo que era la sala de estudio, tengo planeado refugiar a una pareja de exiliados. Los alemanes tenemos una vida extremadamente tranquila mientras algunas personas huyen de bombardeos apenas con sus hijos en brazos. Los sirios son encantadores, cultos, de principios; nos hemos acomodado bien mis nuevos huéspedes y yo. Hay muchas posibilidades de que encuentren trabajo y se hagan independientes. Salgo a la calle, es una tarde como todas las tardes, no sé cómo ni de dónde, en un parque, terminamos cercadas un grupo de más de veinte mujeres y yo. ¿Qué está pasando? Nos gritan insultos en árabe y en alemán. El círculo se cierra, varias intentan escapar pero son detenidas por manos que les pisotean la entrepierna, que les aprietan y halan los pechos. ¿Quién me toca? ¿Por qué? ¡Que se detengan! ¡Suéltenme! -Huyo. Vuelvo a mi pequeño refugio para desplazados de la violencia, siento que he alojado a la Santa Inquisición.
Tu idioma
Estamos en 1495, por siglos mi familia ha cultivado el campo. Ese es uno de nuestros grandes tesoros: el conocimiento profundo de la tierra, los olivos, los aceites; diseñamos jardines de jazmín. Nada se nos escapa en lo que tiene que ver con flores, sabores, frutos, mezclas, aromas… Tengo esposo, dos hijos, muchos vecinos, y una gran familia que vive a todos los costados de Tarifa y Ceuta. Un día somos secuestrados por españoles. Llenan muchos barcos con mi gente. Nos embuten, nos humillan en castellano. Nos llevan a cultivar un nuevo continente. ¿Por qué?
Llegamos a… no sé a donde. Nos deshacen el apellido –no saben traducir; nos azotan, proscriben nuestra lengua, nos prohíben el Islam. Ahora, cultivamos desconocidas tierras fértiles, mis herederos solo hablan español; justo esta lengua que odio da identidad a mis nietos que adoro.
Tu feminismo
Soy una buena mujer, eh, bueno, ya casi soy mujer. He trabajado duro toda mi infancia. Ahora vuelvo a mi pueblo para pasar un tiempo con mi madre y mi abuela. Me cruzo con el cura que me bautizó; son siempre hombres quienes dan el buen nombre, y el cura párroco dejó su huella estética en mí. He visto a un caballero en la calle, un forastero, pronto se irá por donde vino –puede ser mi oportunidad. Mi abuela lo decide. Me caso. La familia es lo más importante en la vida. Estoy en mi décimo embarazo, es raro, no reconozco mi vientre. Claro, ahora lo entiendo todo, ella es una feminista y busca su realización. ¿Cómo puede ser?; no ha querido casarse. He intentado por todos los medios obligarla al matrimonio; se le pasó el tiempo. Ahora, no cejaré en mi intento por dejarla al cuidado y protección de uno de sus hermanos mayores, uno casado que sepa ponerle límites y normas. Quiero que sea una buena mujer.
Tu desaparición
Soy psicoanalista, madre soltera. Íbamos mi hijo y yo de vacaciones hacia la Costa Atlántica, a tomar el sol. De camino pernoctamos en un hotel económico pero bonito. En medio de la noche se escucharon disparos y gritos. Tumbaron la puerta de la habitación a patadas. A mi hijo se lo llevaron. Grité. Corrí. Me golpearon por fuera, por dentro, en el alma. En la mañana comenzó mi búsqueda ¿quiénes se lo llevaron? ¿a dónde? He recorrido el continente siguiendo pistas perversas, pistas piadosas. No lo he encontrado. Me he topado sí con sus secuestradores muchos, miles, todos iguales, bien entrenados, uniformados. Ellos son hombres con historias; el daño y sufrimiento que han causado es la mordaza que asfixia a su niño interior. Están heridos de guerra. Yo los atiendo en mi nuevo consultorio en la Costa, los escucho, les ayudo a sobrellevar sus cargas. Sigo a la caza de un dato, una pista, un poco de compasión.
Vivir en paz
Así que convivir es este permanente riesgo de desaparecer en otra lengua, otra moral, otra ideología. ¿Quién le asigna las reglas a este juego? ¿Cómo comprendernos? ¿Cómo convivir?

lunes, 29 de junio de 2015

¿POR QUÉ PAGAR MAL A LOS MAESTROS?


Olga Rojas Torres


Los maestros son formadores del pensamiento y del espíritu de sus estudiantes. Los maestros son modelo para sus alumnos. Los maestros requieren un salario suficiente para una vida sin afanes –con el que aún no cuentan; y además, debe asegurárseles un bienestar inspirador.

Así como conviene que los estudiantes vivan un mundo rico en experiencias es ideal que los docentes tengan la oportunidad de estudiar posgrados; pero no sólo eso sino también viajar por la geografía de su país: selvas, bosques, llanos, montañas, playas; que prueben gastronomías diversas en contexto; que vayan a otros países y continentes, se maravillen, se llenen de imágenes, de sensaciones térmicas, de datos lingüísticos, y hagan muchos amigos alrededor del mundo.

El psicólogo constructivista Lev Vigotsky insiste en que los niños y niñas deben experimentar el mundo en toda su complejidad. ¿Por qué? Porque para la psicología, y la pedagogía constructivista, las facultades más altas de la inteligencia son la crítica, la intertextualidad y la creatividad. Dice Vigotsky que para que estas habilidades del pensamiento se alcancen, es necesario que el o la joven tenga en su mente un extenso universo de imágenes, sensaciones, textos, sonidos y aromas; una gran paleta de materiales con los que pueda crear la gran obra de arte.

¿Por qué sería maravilloso que los estudiantes de preescolar, básica primaria, secundaria, y de la educación universitaria se encontraran con maestros que tuvieran bibliotecas mágicas en sus hogares, que fueran al teatro siempre que les interese, que asistieran a conciertos, que no se privaran del cine colombiano, del norteamericano, del europeo, y otros?

Pues, porque ese maestro vendría al aula de clases lleno de narrativas, inquieto, con preguntas auténticas, con emociones vibrantes. Porque ese maestro podría inspirar en sus estudiantes el deseo de vivir y comprender. Porque ese maestro tendría a mano, con rapidez, múltiples soluciones a los problemas pedagógicos y curriculares.

Es muy distinto un maestro que tiene un salario empobrecedor y debe privarse de todo, a uno que puede superar el libro de texto, leer de primera mano las grandes obras, ir a las geografías en donde fueron inspiradas, ver el cine y el teatro que las recrean y tomar talleres sobre aquello que lo inquieta.
Diferente a un maestro que debe contentarse con ir en sus tiempos de ocio al parque del barrio, que no tiene para el bus, que trabaja en dos o más jornadas, es el maestro investigador, comprometido con sus cursos, que se reúne tranquilo con sus colegas para compartir grandes experiencias, inquietudes y aventuras.

Distinto a un maestro que tiene un mal servicio de salud; lleno de deudas con su organismo es uno que tiene tiempo de ejercitarse, que es atendido en todas sus necesidades y que incluso pueda asistir a terapias especializadas cuando las requiera.

Entonces, ¿por qué pagar mal a los maestros? Reclamo al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y a la ministra de educación, Gina Parody, poner a disposición de estudiantes, docentes e instituciones educativas, los recursos económicos suficientes para una educación que nos lleve a la comprensión crítica y a la creatividad.


domingo, 28 de junio de 2015

EL DELIRIO DE VAN GOGH

Él busca un destinatario que lo descifre. 
Olga Rojas Torres
Junio 25 de 2015

Entrar en contacto con sí mismo a través de otros, en Vincent van Gogh, es un delirio hecho pintura. Hijo de una familia hondamente tradicional, van Gogh lleva el nombre de su hermano mayor, descendiente primogénito, muerto al nacer. Vincent no es Vincent. Vincent es una réplica de Vincent. Él sumergió su identidad en la oscuridad de la noche.

Como pintor, van Gogh enfrenta un combate con la nueva técnica de la fotografía que lo muestra todo. A él le quedan las opciones representativas de su mundo íntimo, y el diálogo delirante que sostiene con sus colegas, con quienes vive relaciones heridas.


Comunicarse es la ilusión de este solitario. Comunicar-ser. Por eso, entrega al lienzo todas sus impresiones; con el pincel exhibe su esencia. Vivir en una comuna con maestros de la pintura es su ideal. Y a su manera la compuso. Ella asoma por entre sus obras. Viven con él los grandes, los mejores: Gauguin, Toulouse Lautrec, Monet, Doré, Millet, Eisen... Están en su trazos en sus motivos, en su color; siempre el color.

Un diario de sus desequilibrios mentales recorre su colección.  La rabia del trazo. Representarse disminuido. Mostrar la decrepitud de su tristeza. Aplastar el cielo de un brochazo. Perderse en las estrellas que se hunden. Atrapar la mirada en un pasillo del sanatorio. Habitar la pobreza. Vincent pinta en simultánea los diálogos con sus mundos interior y exterior, la noche, el cielo, la realidad, los campesinos, su propia imagen, las relaciones muertas con el padre y con la iglesia; con el amor. Él busca un destinatario, un espectador que lo descifre.

Su obra “Ramas de almendro en flor (1890)” es un legado amoroso a su sobrino, el nuevo heredero de su identidad, Vincent van Gogh III; obra de colores pastel y brotes de vida, es la pintura de la nueva destrucción de su identidad. La discusión se entabla con la fuerza de los colores más suyos, amarillo, azul, verde..., con sus trazos bravos, con un viento azul que en “la noche estrellada (1889)” y en su “autorretrato”, del mismo año, barren la realidad en un vuelo hacia la muerte.

Publicado en: Las2orillas

martes, 21 de abril de 2015

CIBER-MEMORIA

Con esta narración saludamos a la naciente Red de Docentes de Bogotá ILEO en Google+
La narración aparece en el libro Leer, escribir y hablar en el aula; producto de la experiencia de acompañamiento en aula para el diseño de proyectos pedagógicos, y la creación de la Red ILEO.


     La humanidad depende de los pensamientos que acumula. Recordar más allá de la propia historia nos hace geniales. Por siglos, las reflexiones se han alojado en grandes bibliotecas, templos del saber. Las ideas como el oro, se hacen imperecederas si consiguen ser inscritas y conservadas. Otros productos del esfuerzo humano tienen breve duración, pero los libros, en sus anaqueles, han mostrado ser verdaderos cofres de la sabiduría.

     El mundo, nuestro planeta tierra, es un lugar inmenso. En más de 6 mil kilómetros de diámetro se ubican innumerables caseríos, ciudades, países: conglomerados de personas llenas de saberes. En 1459, según se recuerda, Gutemberg inventó la imprenta haciendo posible que los escritores multiplicaran miles de veces a sus lectores; y también que se pudiera soñar con bibliotecas, memorias colectivas, ubicadas en cada poblado, en cada centro educativo.

    A pesar de la imprenta, durante siglos han sido pocos los llamados a publicar sus escritos. El concepto de estatus humano tiene uno de sus vínculos, una de sus membranas liada a la publicación. Son pocos los hombres o mujeres que hacen de sus reflexiones un best seller. Se diría que la mayoría, los otros, saben poco, o al menos tiene saberes innecesarios, intrascendentes. Esta premisa parece ser una de las columnas que sostiene a la industria del libro.

    Así, reconociendo cómo la información ha tomado un lugar central en la vida; los ilustrados se reunieron para planear una aventura por territorios impensados. La humanidad iría en busca de bibliotecas que dieran a la información el don de la ubicuidad, biósferas de ideas que pudieran ser nutridas y consultadas desde cualquier lugar. Pensaron, también, que los expedicionarios más convenientes para esta aventura serían maestros. Así lo decidieron porque conocían la gran experiencia de los maestros en hacer circular los saberes más iluminados; porque reconocían en ellos una gran habilidad para clasificarlos, didactizarlos, y re-significarlos en unidades reveladoras. Entonces, hicieron un llamado a maestros del corazón, maestros de la ciudad más vibrante del planeta. 

    En un encuentro con el colectivo, los iluminados recordaron que hasta entonces, las travesías humanas se habían hecho exclusivamente por tierra, mar y aire. Entonces ellos sentenciaron “en esta ocasión, los maestros-aventureros deberán transitar un mundo paralelo, el ciber-espacio”. Los maestros inquietos se miraron unos a otros. Hubo, entonces, un tiempo para los círculos de la palabra. Allí, dudas y suspicacias eran el tema de discusión. Todos estaban de acuerdo acerca de la importancia de saber, saber más, saber y dudar, e incluso construir saber de manera colaborativa. Sin embargo, la ruta y los instrumentos despertaban grandes sospechas. 

    Con las primeras aproximaciones al ciber-paisaje surgió una sensación inquietante que se tomó por asalto la confianza de los expedicionarios. Observaron que la menor sutileza: enfocar la mirada en un lugar, rozar el dedo, detener la punta del pie sobre una fracción del terreno por un breve instante; desataba agitación. El territorio parecía inteligente, autónomo: una obra de hechicería. Qué horror. Qué susceptibilidad. Qué reto. Cómo predecir los actos en cadena de este paisaje, cómo viajar por él sin perderse entre nuevas interfaces, hipervínculos, funciones logarítmicas, y mapas semánticos. Los maestros se congregaron, de nuevo, a conversar.

     Hubo fuertes reacciones de rechazo a la misión. “Volvamos a la biblioteca” –reclamaban unos. “La biblioteca es acogedora, contiene todo lo que necesitamos”, “los libros son objetos artísticos, en ellos están las huellas del pasado, tienen olor a pasado, a futuro”, “se abren de manera magnífica a sus lectores.” “Sólo en un libro podemos conservar intacto un trébol” -musitó, Gonzalo. “¿Para qué avanzar por un terreno innatural como ese?” “Yo me eduqué con libros, y mi saber ha sido celebrado en múltiples escenarios, por qué debo abandonar la biblioteca y entrar en ese mundo binario y aparente” –reclamaban otros.

   “Estamos juntos aquí, pero no estamos todos” –contra-argumentaban. “Nuestras inquietudes no son simultáneas”. “Se lanzan libros todos los días, pero no los tenemos en nuestras bibliotecas” –señalaban unos pocos. “Además, los libros, privilegian una única forma de escritura. Hoy se escribe en múltiples formatos. Necesitamos tener bibliotecas multi-mediales, consultarlas… escribir en otros sistemas simbólicos”. “Tal vez, no todos somos genios de la lingüística, como convendría a un buen lector. Tal vez, algunos de nosotros disfrutaríamos leer como saltando a la golosa, o sumidos en imágenes, y apoyados en infografías”. –afirmaban, aún con dudas.

      La discusión seguía candente. Muchos se daban la espalda irreconciliables. Entonces, la profesora M. E. C. se levantó y atravesó el salón lentamente. Mientras ella miraba a sus colegas, uno a uno a los ojos, el ciber-paisaje se acercaba. Ella entró con cautela, leyendo indicaciones icónicas y verbales. Cuando hacía cosas sin entender, se detenía, trataba de reconstruir sus pasos. Seguía adelante. Llegó en su viaje, a una Red, un lugar casi desértico pero prometedor. Buscó las pistas, descifró las indicaciones, y las siguió; tenía que construir su propia imagen. M. E. C. empezaba a entender que este ecosistema funciona como un espejo que devuelve la imagen al visitante.

     Ella no lo había notado, pero la seguían otras colegas que iban tomando nota de sus aciertos, aprendiendo un poco más rápido, equivocándose menos. El camino estaba abierto. Estas nuevas profes, Isa, Lilian y Stella entraron a la Red y allí se presentaron construyendo una imagen de sí que les gustaba, y las vinculaba efectivamente a la pionera; a quien no querían perder de vista. Sin embargo, nuevas posibilidades se evidenciaron rápidamente a su paso. La virtualidad se nutre de realidad,  –entendieron. Lo supieron porque encontraron frecuentes pasadizos hacia su vida profesional. Podían observarla desde distintos ángulos, y hacerla visible, siempre con la posibilidad de mostrar la cara más pertinente del polígono. Se entusiasmaron, convocaron a un grupo de jóvenes a la biblioteca, les enseñaron a leer obras antiguas, piedras angulares del drama, arquetipos del alma humana. Leyeron en colectivo, reinterpretaron, trans-codificaron, re-escribieron, corrigieron, y mostraron al mundo, a través de la naciente Red, en el ciber-espacio, usando nuevos lenguajes  –que aprendían con velocidad, sus estrategias para una lectura más crítica.

     Otros grupos de maestros-expedicionarios venían en camino. Cuando llegaron a la Red quedaron sorprendidos por las huellas profundas que habían dejado allí sus colegas. Se detuvieron a leer algunos reflejos de la memoria de ellas. Conversaron sobre lo que veían, y descubrieron que podían dejar notas al margen para la posteridad. Se preguntaron qué sería lo que debían escribir. Se contuvieron. Siguieron curioseando en videos, textos, galerías de dibujos, fotos; haciendo paneos que les daban ideas más estructurales sobre la práctica de sus colegas. Al fin, decidieron escribirles mensajes, les señalaron sus impresiones, las motivaron, marcaron hipervínculos, sugirieron retoques. Asumieron allí el rol cooperativo que los distingue.

     Mientras este grupo de maestros viajaba y se zambullía en la Red; otro grupo, se quedó por fuera, observando y temiendo lo peor. Ellos esperaban e intentaban entender. Todo era sospechoso. Pero, cuando alguien preguntó “¿quién tiene el control sobre las publicaciones?”, todos enmudecieron. Con esta pregunta se desató un alud de inquietudes. “¿Quién nos observa?”, “¿De quién son las ideas que circulan?”, “¿Quién se apropiará de mis saberes?”, “Cuando yo publique una obra maestra ¿darán delete a mi nombre y sobre-escribirán otro?, ¿Y la Red, quién la controla?, ¿De quién somos juguete?"

     Se hizo un gran silencio. La noche soltó su velo gris. La luna alumbraba temblorosa. Cuando recuperaron la voz, lentamente fueron conversando en parejas, en pequeños grupos, en las esquinas, en los pisos inferiores, guarecidos en buhardillas. Poco a poco, el colectivo se dividió. No fue una decisión unánime. Fue una implosión-explosión de dudas y confianzas.

     Un grupo de docentes tomó una decisión radical que le comunicaría a sus colegas. “Volvemos a la biblioteca, su Ciber-Alejandría se puede desconectar con un tropezón. Cuidaremos de la memoria más culta, la catalogaremos, haremos eventos para que otros se motiven a conocer el pensamiento de occidente, y a conversar con los personajes de la literatura universal. La calidez del contacto interpersonal debe conservarse. Pueden unirse a nosotros quienes así lo deseen.”

     Otro grupo se animó y, también, proclamó su decisión. “Iremos a la Red, pero no para participar en ella, sino para hacer vigilancia. Eso que allí llaman datos y meta-datos son productos del esfuerzo de alguien, y deben ser protegidos. Dictaremos normas y las haremos cumplir. Queremos que haya circulación y uso de las fuentes, pero nos oponemos radicalmente al robo cibernauta. Necesitaremos el apoyo de otros que quieran ayudarnos a desaparecer de la Red a los infractores”.

     Un tercer grupo, el más numeroso, anunció. “Queremos entrar en la Red. Somos maestros-investigadores. Tenemos mucho que contar al mundo. La experiencia de todos merece ser recordada. Iremos apropiando los lenguajes, los soportes tecnológicos, visitando a otros maestros en sus aulas. Los motivaremos a escribir y a compartir sus reflexiones y dudas. Queremos que la educación gane estatus científico. Queremos que las escuelas se transformen. Queremos nuevas ideas. Queremos que nuestros colegas se vinculen y aprendan de manera colaborativa y ubicua”.

     El último grupo, tomó la palabra para señalar que ellos también irían a la Red; se mostraron dispuestos a producir tanto como a consumir conocimiento. Se convertirían en pro-sumers. Su creatividad se potenciaría en un ecosistema sin fronteras, sin límites. Ellos proclamaron que el conocimiento no puede ser considerado mercancía. Dijeron: “cada idea tiene nacimiento en un lugar del orbe que ni siquiera imaginamos. Siempre tomamos de otros para crear. El saber debe considerarse un bien público. Los datos deben circular gratuita y libremente. Nuestra Red, así lo proponemos, y en esa línea pondremos nuestro esfuerzo, debe dar lugar a la ciber-democracia. A entrar en la Red Docente con esta actitud los invitamos a todos”.

domingo, 24 de febrero de 2013

Un texto, un río

Los indígenas son avezados lectores, leen libros vivos, páginas que se reescriben con el paso del tiempo, o por efecto de las tormentas; obras que hablan siempre de la vida. 

Aquí la crónica de un itinerario a la selva colombiana organizado por la Universidad Nacional que devela la radical escisión que existe entre nuestras culturas indígenas y esta civilización imperante que nos tocó padecer, que no cesa de estandarizar nuestra existencia.

Por Olga Rojas Torres* 

Al territorio amazónico de Yapu en el Vaupés fuimos 5 académicos. Como parte de nuestra visita, estaba planeado ir a la Maloka de Origen de los indígenas Bará. A esta expedición nos acompañó el Payé Bará (autoridad médica). Nos transportamos en una canoa a motor, comandada por el Huitoto, Pájaro de Viento. A mí me impresionaron dos cosas: la belleza del río y la selva, si es que cada uno se puede entender como un signo independiente; y la destreza con que nos llevaban por ese río hermoso y rabioso.

El Payé Bará iba sentado en la proa, leyendo el curso que llevábamos y al que nos dirigíamos, traducía sus interpretaciones a un sistema de signos que el Pájaro de Viento, en la popa, descifraba a la perfección. Este Pájaro, viajero de las aguas, además de comunicarse gestualmente con el Payé, contrastaba la información con los indicios que desentrañaba del río, de sus ondulaciones, sus colores, y su dinámica.

Ninguno de los académicos en el motor comprendíamos ni las frases gestuales, ni los lenguajes de la selva; para nosotros, para mí sobre todo, la experiencia era puramente sensorial. Lo que yo percibía eran íconos puros, verdes de múltiples tonos que sin embargo, yo no podía segmentar o catalogar; contemplaba el agua, las paredes del curso del río en greda y otras tierras que tampoco puedo nombrar, la vegetación tupida… era imposible distinguir una planta de otra, ni siquiera podía reconocerse con claridad qué era verde vegetal y qué era animal.

 ¿Qué riesgos o qué maravillas pueden emerger de la junción entre un bejuco y un árbol? ¿Cómo los
llaman? ¿En dónde eligen nacer? ¿Por qué?

 ¿Qué aves nos observaban por entre el follaje? ¿Qué comen ellas? ¿Qué rutas siguen? ¿Cómo pueden nuestros guías verlas tan pronto?

 Mis patrones mentales sobre imágenes animales están perfectamente estáticas y descontextualizadas, allí, en esa selva vibrante las normas de construcción textual me resultaban crípticas. El río Papurí es hermoso, muy negro, y funciona como un espejo fiel del follaje que se contempla sobre él.

El río lleva la sangre de las plantas en su curso, y seguramente quienes nos conducían por el oleaje de los rápidos, entendían mucho más que cualquiera de nosotros, la información que este color contenía. 

II. Días después, llegó una carta al territorio, era el mensaje de una beca de estudios en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, que había sido otorgada a Pájaro de Viento. La carta fue leída con tranquilidad; en Yapu todos hablan Español y Portugués, además de 3, 7 o incluso 15 lenguas indígenas. La misiva contenía instrucciones para inscribir materias. Me pareció que ante ellos se dibujaba un paisaje indescifrable. 


Fuimos a Mitú donde hay conexión a Internet; las páginas Web presentaban íconos indescifrables, los mensajes a inferir surgían con dificultad. Decidieron leer la página de la Universidad palmo a palmo, los acompañamos, se cansaron; los mensajes, aun conociendo la lengua española no llegaban. El sistema de signos en la Web contiene como cualquiera una serie de reglas de relacionamiento que no había manera de inferir, ¿qué escribir, dónde? Cuando por fin llegamos al aplicativo con las asignaturas, la lista era interminable. ¿Cómo elegir? ¿Qué suponía tomar una y no otra? Hay unas reglas, había que leer cada asignatura junto con su normativa: esta es de tal carrera, tal tiene prerrequisitos, las asignaturas elegidas no suman o exceden el número de créditos, deben atender a su P.A.P.A. Nos reímos mucho. 

Días después, Pájaro de Viento llegó a Bogotá por avión, este es el único medio de transporte que lo podía traer en el tiempo acordado. “Todo es dinero”, se lamentó. En la selva el dinero no existe. Vives desde la infancia hasta la vejez, tienes techo, alimentos, salud, amigos, fiestas, viajes, puedes pasar la vida sin ver un billete, sin transar por dinero. Pero, en la ciudad todo se traduce a billetes; y Pájaro de Viento no es diestro en pasar del sistema de servicio de transporte o del sistema de menús alimenticios al sistema monetario, ni entiende por qué curar su mano herida tiene un precio.


III. Los indígenas colombianos son extranjeros en las urbes, como somos extranjeros los citadinos en la selva. Pero, en la selva, se entiende el principio de solidaridad: tú llegas y te reciben con fiesta, te alojan, te alimentan, y te acompañan. En la selva nadie se inquieta. El indígena no entiende cómo puede ser en la ciudad el sistema de valores que contiene la idea de resolver individualmente los problemas, de hacer lo que a ti te parece, de vivir amontonados sin hacer comunidad. Leer es una habilidad del pensamiento que desborda el alfabeto. Los indígenas colombianos, y otros excluidos del sistema educativo tienen competencias lectoras altísimas. Es el sistema educativo el que está lleno de limitaciones. Son los escenarios escolares los que no acompañan el multi-lingüísmo, multi-inteligente de estos territorios excluidos. ¡Buen viento a los pájaros selváticos que se han arrojado a esta jungla inmisericorde! * Filóloga, educadora y candidata a doctora en semiótica. Docente del departamento de lingüística, y de la facultad de artes de la Universidad Nacional de Colombia. 
Febrero 18 de 2013 Publicado en: Confabulación Periódico Virtual

lunes, 23 de abril de 2012

Finlandia, ejemplo en educación - Colombia entre los últimos lugares de la prueba PISA

Avanza el siglo XXI, el mundo entró en la era de la información pero en Colombia seguimos encadenados a la miseria de la sinrazón. Colombia se encuentra muy lejos de llegar a La Meca del intelecto pues en la prueba internacional PISA que evalúa la capacidad de los jóvenes para aplicar sus conocimientos en un contexto dado, se la ubica entre los últimos 15 países junto con Brasil, Argentina, Perú y Panamá. Esta prueba se adelanta cada tres años en las áreas de matemáticas, lectura y ciencias naturales. La población evaluada corresponde a estudiantes de 15 años. En 2009 se examinaron 65 países del mundo. Llama la atención que desde el año 2000 Finlandia se ha mantenido en el primer puesto en los resultados de esta prueba, en todas las áreas, y en creciente mejora.

¿Cuáles son las condiciones favorables de la educación en Finlandia? La cobertura de básica y media es completa. Los niños empiezan su recorrido formativo en pre-escolar a los 6 años. Las matrículas no tienen ningún costo para las familias. Se estudian tres lenguas maternas y dos extranjeras a lo largo de la formación básica. La educación media  es vocacional, permitiendo que los jóvenes desarrollen sus aptitudes. Los docentes tienen posgrados y son elegidos después de exigentes procesos evaluativos.

Los estudiantes finlandeses deben viajar por tres lenguas maternas, el finés, el sueco y el lapón. El finés es la lengua nacional.Por haber sido colonia de Suecia, también hablan sueco. El ancestral pueblo lapón o sami, tiene parte de su territorio en Finlandia, lo que hace de esta una tercera lengua nacional. Finlandia es entonces un país multilingüe en el que se estudian como lenguas extranjeras inglés y ruso (antagonistas antiguos), entre otras. Es por esto que las escuelas de básica consagran buena parte de su tiempo y esfuerzo a las letras. Por nuestra parte, el mapa lingüístico de Colombia es dibujado por cerca de 80 lenguas vivas. Sin embargo, seguidores fieles de la imposición colonial, insistimos en que se enseñe únicamente el español, y un inglés precario.

En Finlandia, cuando los estudiantes han terminado su educación básica deben presentar exámenes de conocimientos y competencias. Una vez los aprueban pueden pasar al nivel medio, en el que eligen la carrera técnica de su gusto. Este ciclo tiene una duración de tres años, es gratuito, ofrece planes en diversas artes, deportes, agropecuarias, industria, comunicación, cursos teóricos, y salud; y consiste en cursos de fundamentación, profundizaciones optativas, y talleres prácticos. Al finalizar, los estudiantes deben presentar un examen con el que podrán entrar a la universidad. En Colombia, urge el establecimiento de Institutos en los que se diseñen proyectos industriales auténticos, se estudien nuestras riquezas mineras, la biodiversidad, la topografía, las múltiples tradiciones en salud, las expresiones multi-culturales, y por supuesto nuestra riqueza lingüística.

En Finlandia, quien ha sido aceptado para ser profesor de escuela, se ha certificado con pruebas que lo ubican entre los ciudadanos más ilustrados del país. Los maestros de preescolar, por ejemplo, cuentan con la trayectoria del pre-grado, pero además, con frecuencia, ellos tienen maestrías, y continúan sus estudios hacia el doctorado. Los finlandeses creen en la educación y lo demuestran con hechos. En Colombia, faltan facultades de magisterio en todo el territorio nacional, redes docentes de cooperación, mejores condiciones laborales, incentivos a la investigación disciplinar y pedagógica, y el reconocimiento público y dignificante de la labor de los maestros. Si no hacemos ya cambios estructurales estaremos subyugando a las nuevas generaciones a un servilismo oscurantista.


Por Olga Yolanda Rojas Torres
Publicado el 16 de abril de 2012