viernes, 5 de febrero de 2016

Anécdotas femeninas: tú y yo


Olga Yolanda Rojas Torres
En estos tiempos de búsqueda de la paz, una narradora se desdobla para contar las historias de algunas mujeres que han vivido el desgarro y la pasión por construir su entorno.
Tu moral
Es noviembre de 2015, llega el invierno. Vivo sola en Colonia. En mi casa, he abierto un espacio cómodo en lo que era la sala de estudio, tengo planeado refugiar a una pareja de exiliados. Los alemanes tenemos una vida extremadamente tranquila mientras algunas personas huyen de bombardeos apenas con sus hijos en brazos. Los sirios son encantadores, cultos, de principios; nos hemos acomodado bien mis nuevos huéspedes y yo. Hay muchas posibilidades de que encuentren trabajo y se hagan independientes. Salgo a la calle, es una tarde como todas las tardes, no sé cómo ni de dónde, en un parque, terminamos cercadas un grupo de más de veinte mujeres y yo. ¿Qué está pasando? Nos gritan insultos en árabe y en alemán. El círculo se cierra, varias intentan escapar pero son detenidas por manos que les pisotean la entrepierna, que les aprietan y halan los pechos. ¿Quién me toca? ¿Por qué? ¡Que se detengan! ¡Suéltenme! -Huyo. Vuelvo a mi pequeño refugio para desplazados de la violencia, siento que he alojado a la Santa Inquisición.
Tu idioma
Estamos en 1495, por siglos mi familia ha cultivado el campo. Ese es uno de nuestros grandes tesoros: el conocimiento profundo de la tierra, los olivos, los aceites; diseñamos jardines de jazmín. Nada se nos escapa en lo que tiene que ver con flores, sabores, frutos, mezclas, aromas… Tengo esposo, dos hijos, muchos vecinos, y una gran familia que vive a todos los costados de Tarifa y Ceuta. Un día somos secuestrados por españoles. Llenan muchos barcos con mi gente. Nos embuten, nos humillan en castellano. Nos llevan a cultivar un nuevo continente. ¿Por qué?
Llegamos a… no sé a donde. Nos deshacen el apellido –no saben traducir; nos azotan, proscriben nuestra lengua, nos prohíben el Islam. Ahora, cultivamos desconocidas tierras fértiles, mis herederos solo hablan español; justo esta lengua que odio da identidad a mis nietos que adoro.
Tu feminismo
Soy una buena mujer, eh, bueno, ya casi soy mujer. He trabajado duro toda mi infancia. Ahora vuelvo a mi pueblo para pasar un tiempo con mi madre y mi abuela. Me cruzo con el cura que me bautizó; son siempre hombres quienes dan el buen nombre, y el cura párroco dejó su huella estética en mí. He visto a un caballero en la calle, un forastero, pronto se irá por donde vino –puede ser mi oportunidad. Mi abuela lo decide. Me caso. La familia es lo más importante en la vida. Estoy en mi décimo embarazo, es raro, no reconozco mi vientre. Claro, ahora lo entiendo todo, ella es una feminista y busca su realización. ¿Cómo puede ser?; no ha querido casarse. He intentado por todos los medios obligarla al matrimonio; se le pasó el tiempo. Ahora, no cejaré en mi intento por dejarla al cuidado y protección de uno de sus hermanos mayores, uno casado que sepa ponerle límites y normas. Quiero que sea una buena mujer.
Tu desaparición
Soy psicoanalista, madre soltera. Íbamos mi hijo y yo de vacaciones hacia la Costa Atlántica, a tomar el sol. De camino pernoctamos en un hotel económico pero bonito. En medio de la noche se escucharon disparos y gritos. Tumbaron la puerta de la habitación a patadas. A mi hijo se lo llevaron. Grité. Corrí. Me golpearon por fuera, por dentro, en el alma. En la mañana comenzó mi búsqueda ¿quiénes se lo llevaron? ¿a dónde? He recorrido el continente siguiendo pistas perversas, pistas piadosas. No lo he encontrado. Me he topado sí con sus secuestradores muchos, miles, todos iguales, bien entrenados, uniformados. Ellos son hombres con historias; el daño y sufrimiento que han causado es la mordaza que asfixia a su niño interior. Están heridos de guerra. Yo los atiendo en mi nuevo consultorio en la Costa, los escucho, les ayudo a sobrellevar sus cargas. Sigo a la caza de un dato, una pista, un poco de compasión.
Vivir en paz
Así que convivir es este permanente riesgo de desaparecer en otra lengua, otra moral, otra ideología. ¿Quién le asigna las reglas a este juego? ¿Cómo comprendernos? ¿Cómo convivir?

1 comentario:

  1. Excelente! Nada más vital que sentir, oir, mirar a las víctimas con su deseo de paz para ver si se les quita lo cómodo, injusto, prejuicioso y estúpido de los que sin haber sufrido en carne propia se oponen a la paz. Cual paz? La que sea! Empecemos y con ahínco la suvisamos, ensanchamos... hasta que nos quede a la medida, o por lo menos que no nos aprite el juanete ( dolor, desfiguración, marca que nos ha dejado el conflicto).

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